miércoles, 25 de abril de 2012

Fuera Academia, dentro la masa: ¿qué puede salir mal?

Llevo un mes con ganas de comentar una noticia que parece haber pasado desapercibida en la blogosfera traductoril y correctora. Prefería que hablara de ello alguien con más conocimiento, pero al final tendrá que hablar un niñato sobre el tema.

Hace un mes Google actualizó el corrector ortográfico inglés de su paquete ofimático Google Docs. Ahora ya no se basa en un diccionario estático y con actualizaciones puntuales (ya sea comunitario como Hunspell/OpenOffice o formal como MS Office), sino que aprende de las búsquedas de los usuarios y de los textos que encuentra al peinar internet. Si se escriben y se buscan ciertos términos, esos términos se añaden al diccionario. Y, ya que está, aprende a relacionar unos términos con otros cercanos, algo que ha aprendido a hacer con los modelos lingüísticos construidos para Google Translate y con las autocorrecciones de búsqueda. En Google se aprovecha todo, como con el cerdo.

Foto CC-BY 2 de Paul Lowry

Vamos, es una mezcla entre corrector ortográfico y gramatical, solo que inteligente y con aprendizaje automático. Un Skynet de la lengua. Se puede decir que el corrector aprende de nosotros, que le damos de comer. Como con Google Translate, que confunde Amsterdam con Londres o Samsung con Motorola o la lía parda con el japonés. O como Google Search, que Bush es un fracasado miserable y que en la SGAE son unos ladrones. Pues va listo si se fía de los humanos, que nos equivocamos o intentar engañarle.

Mi bro Miguel Llorens comentaba que la importancia de una buena ortografía y gramática es relativa y también que a veces es mejor no ser tan académico y aceptar lo que quiere la mayoría. Al fin y al cabo, ¿te pagan las facturas tus clientes o la RAE/Fundéu? Claro que también está la responsabilidad del traductor (creación de neologismos o adopción de barbarismos) de la que ha hablado a veces Xosé Castro: ¿correo electrónico o e-mail? Hay que encontrar un término medio entre contentar al cliente y no pegarle demasiadas patadas a la lengua. Yo tengo uno (de electrónica profesional) que quiere que ponga compás en lugar de brújula, por ejemplo.

Pero no nos olvidemos de que no todos tenemos el mismo trasfondo y las mismas opiniones. Por ejemplo, a Eva y a Yeyu les patea leer "soporte técnico", dicen que tiene que ser "asistencia técnica". Para mí, la asistencia técnica es solo una parte del soporte técnico. Personalmente, intento respetar lo que me diga Fundéu siempre que no me parezca demasiado papista (marketing, en redonda y sin acento, por favor) o contradiga los deseos del cliente.

Pero me desvío del asunto, que esto no va de corrección, sino de normalización o aceptación. Recientemente a la RAE le han empezado a llover críticas: que si sexista, que si tacaña, que si chanchullera. La RAE no es una empresa pública, la subvencionan desde empresas privadas a comunidades autónomas. Creo que la Fundéu hace mejor trabajo, con rapidez, precisión y modernidad. La financian no solo BBVA y la Agencia EFE, sino también empresas privadas que van desde Hermes a Telecinco. En la Fundéu hay orden y eso se nota en la calidad de sus recursos.

Y luego está el corrector de Google, al que no le hace falta saber nada de corrección lingüística, simplemente escuchar lo que dice internet y aprender. Al fin y al cabo, mil millones de moscas no pueden equivocarse, ¿no? Pero no, no puedo ser tan demagogo: creo que el corrector inteligente ayudará más de lo que molestará. Vamos, tendrá una relación señal-ruido positiva, como Google Translate o la autocorrección de Google Search. Al igual que Fundéu, es solo una herramienta, útil en manos de profesionales, potencialmente terrible en manos de lusers. ¿Y qué mejor que un traductor que sepa manejar bien su herramienta?

martes, 17 de abril de 2012

Las tarifas del autónomo y el engranaje de la automatización

Los profesionales liberales poco creativos solemos tener tarifas más bien fijas. Por ejemplo, un diseñador gráfico o de webs puede cobrar por horas calculando de antemano el esfuerzo que le puede costar un encargo. Al fin y al cabo, se trata de una labor de creación, más que de transfusión. Por otra parte, un traductor cobrará por palabras (o páginas, caracteres, etc) sobre el original (salvo combinaciones lingüísticas o casos específicos). Traducir, en el 99 % de los casos, es una tarea poco creativa. Es decir, si te pasan una guía de viajes de 5000 palabras y tu tarifa es de 0,05 € por palabra del texto original (es un decir, que nadie saque la escopeta), presupuestarás el encargo por 250 €. Si te pasan una patente sobre bioquímica de 5000 palabras y tu tarifa es de 0,05 €… Un momento. ¿Es igual de fácil pelearse con la guía de viajes que con una patente de bioquímica? En principio, no, aunque depende de la guía, de la patente, de las especializaciones del profesional y de otros factores. ¿Cobraremos lo mismo por el texto A que por el texto B?

Iba a dejar un comentario en la entrada de Olli sobre tarifas y rentabilidad, pero luego he pensado que "esto da para entrada, tú". Y claro, como soy medio catalán, tenía que aprovechar y barrer para casa. El caso es que no todos los encargos cuestan lo mismo de parir, con lo que, con una tarifa fija, unos salen más rentables que otros. Hasta ahí nada nuevo, Olli ya lo ha explicado muy clarito. Pero, ¿qué pasa cuando un cliente nuevo nos pide tarifas generales, así, sin hablar de encargos concretos?

Algunos grandes profesionales, como Miguel LlorensKevin Lossner o Steve Vitek, suelen comparar los traductores que están en la parte superior de la cadena alimentaria e imponen sus condiciones (con cordura) a sus clientes con los que están en la parte inferior de la cadena alimentaria y son sus clientes quienes les imponen condiciones. Por está razón, a los de abajo se les conoce como "bottom-feeders" o esos pececillos que comen los restos que dejan de lado los grandes.

A un cliente nuevo que nos pide tarifas podemos decirle: de tanto a tanto, con un extra de tanto por urgencia o fin de semana y con un extra de tocamiento de pel de narices por referencias múltiples, glosarios inconsistentes, memorias de traducción sucias y sopa de etiquetas. Así nos curamos en salud y sabemos que siempre tendremos la misma rentabilidad, porque siempre cobramos lo que nos cuesta. Ya que estamos, podemos intentar colarle una tarifa por horas reales. Total, probablemente no volvamos a saber de este cliente a no ser que estemos hechos unos verdaderos amos, como este señor del vídeo.


O podemos decirle: mi tarifa típica es esta, pero depende de cada proyecto. Eso está bien, así no te atas a una tarifa y, ante un encargo del infierno, puedes justificar una subida de tarifa. A los clientes más razonables (empresas de tamaño pequeño y medio, habitualmente) no les importará pedirte un presupuesto para cada proyecto. Se nota que te aprecian como profesional único y confían en ti.

Finalmente, está el caso de los clientes menos razonables que quieren saber cuánto les vas a cobrar antes de ofrecerte el encargo. No es que te quieran explotar, al menos no tiene por qué ser el caso, es que su empresa tiene unos procedimientos y todas las partes del flujo de trabajo deben encajar como un engranaje en un mecanismo.


No tiene por qué ser como en Tiempos modernos, claro. Las máquinas están para hacernos la vida más fácil, no para esclavizarnos. Todo depende del uso que se le dé a la máquina. Es como el clásico debate sobre si traducción automática es una amenaza o una oportunidad, debate en que no voy a entrar hoy (pero sí en otras ocasiones).

Los llamados Translation Management Systems sirven para automatizar tareas repetitivas y ahorrar tiempo. Por ejemplo, un gestor de proyecto necesita colocar un encargo de cierta combinación lingüística, cierta especialidad, cierto formato de trabajo, cierto plazo y cierto presupuesto. Filtra proveedores de su base de datos con algunos de estos criterios y sale una lista, que quizá incluso prioriza a los que ya han trabajado con anterioridad en proyectos relacionados. Con esta lista de candidatos, se pone en contacto con quienes encajan mejor en el perfil y encuentra uno que acepta el encargo. En este ejemplo, el traductor no acabaría engullido por la despiadada máquina.

El problema, claro, llega cuando estos sistemas se usan para hacer el MAL. Por ejemplo, no se aceptan traductores por encima de cierta tarifa. Si llega un día en que quieres subir tu tarifa, el sistema te lo impide y solo te queda darte de baja del sistema, aunque probablemente te sigan espameando con ofertas de basura. O todos los traductores que cumplen el criterio básico (combinación lingüística), reciben el mismo correo y el primero en aceptar la oferta con un clic se lleva el "premio". El resto se encuentra con que la oferta ya no está disponible dos minutos después de recibirla, algo muy frustrante. Esto es tratar la traducción como una mercancía más, como una commodity, que se compra al peso y que da igual quién la oferte, con lo que la tarifa es el único factor decisivo y siempre habrá alguien que cobre menos que tú. Y no hay nadie más barato que el sobrino del jefe, que pasó quince días en Dublín.

Si damos una tarifa más o menos fija, es más probable que tengan a bien incluirnos en su base de datos y tenernos en cuenta para futuros encargos, al saber de antemano si entramos en su presupuesto o no. Es lo que hago yo: algunos encargos salen más rentables que otros. Si veo que no paran de enviarme marrones, entonces ya negocio una subida de tarifa con el cliente o me busco otro cliente si esto no es viable.

¿Hay alguien en la sala que solo dé presupuestos opacos y se niegue a dar precios por palabra orientativos? Seguro que sí, dad un paso al frente, que los peces chicos no os comemos.